Río, fuerza.
Me despierto con el rumor del río.
Río que corre a velocidad
constante y segura de su continuidad.
Compruebo la altura del sol
y el rocío fresco sobre las hojas, aun en sombra,
me anuncian la ligereza que trae el madrugar,
el aliento de yerba nueva que alimenta el alma.
La marea me moja los dedos de los pies,
y entonces bailan, responden a las piedras
que se cuelan entre ellos,
renovándolos de energía para volver a levantarse
frente a la montaña caliza que se alza
naciendo desde la otra orilla.
Río, dulce, lleno de fuerza,
que alimentas mi espíritu, calmas mi sed,
me limpias las heridas y la mugre vieja
y me cubres de barro nuevo,
ascendiendo por mis piernas
hasta donde yo te dejo avanzar.
Río, con tus piedras que son mi asiento y mi descanso
y el refresco de mi alma y de mi cuerpo
necesitado de tu corriente fresca
tras el bosque espeso que ha sido mi casa tanto tiempo
y que ayudas a dejar atrás.
Arrollo, con tu fuerza disimulada en caudal leve
que de pronto se ensancha,
se cuadriplica con el torrente acumulado de mil lluvias
y decides ser inclemente ya ante todo,
hasta que llegas al mar y dejas atrás tu dulzura,
tus chinitos que solían colarse
entre los dedos de mis pies
porque tu fuerza ya es incontrolable
y tu rumor pide ser voz que resuena acompañada
de los acordes más salvajes,
de las olas más libres,
de la espuma más blanca,
de las barcas que se mecen al sol
y se dejan abrazar por tu embrujo ahora salado.
Antes de tu avance,
mientras yo estoy aun al pie de la montaña que te ve nacer
y dejas que me bañe en la pureza de tu agua clara,
has creado para mí un remolino entre mis tobillos
que amenaza a mi estabilidad,
pero que en esta fría mañana de enero,
crea los más cálidos tonos rojizos
y me trae el recuerdo de las llamas de unos ojos,
de un frescor, una energía inagotable,
una fuerza inevitable que empuja hacia adelante,
una dulzura breve que desemboca en olas desordenadas,
un ritmo a las órdenes de la naturaleza.
Arrollo, méceme en tu corriente,
báñame en estas aguas que serán unas manos con vida propia,
bajo las espumas de las crestas de unas olas
que desembocarán de nuevo en mis pies anclados
en la arena que ahora será nueva y será eterna,
paciente ante el baile de los granos de arena entre mis pies,
tus ancianas piedras ya deshechas que me seguirán sirviendo de soporte,
de descanso, de nuevo punto de partida.
Río que corre a velocidad
constante y segura de su continuidad.
Compruebo la altura del sol
y el rocío fresco sobre las hojas, aun en sombra,
me anuncian la ligereza que trae el madrugar,
el aliento de yerba nueva que alimenta el alma.
La marea me moja los dedos de los pies,
y entonces bailan, responden a las piedras
que se cuelan entre ellos,
renovándolos de energía para volver a levantarse
frente a la montaña caliza que se alza
naciendo desde la otra orilla.
Río, dulce, lleno de fuerza,
que alimentas mi espíritu, calmas mi sed,
me limpias las heridas y la mugre vieja
y me cubres de barro nuevo,
ascendiendo por mis piernas
hasta donde yo te dejo avanzar.
Río, con tus piedras que son mi asiento y mi descanso
y el refresco de mi alma y de mi cuerpo
necesitado de tu corriente fresca
tras el bosque espeso que ha sido mi casa tanto tiempo
y que ayudas a dejar atrás.
Arrollo, con tu fuerza disimulada en caudal leve
que de pronto se ensancha,
se cuadriplica con el torrente acumulado de mil lluvias
y decides ser inclemente ya ante todo,
hasta que llegas al mar y dejas atrás tu dulzura,
tus chinitos que solían colarse
entre los dedos de mis pies
porque tu fuerza ya es incontrolable
y tu rumor pide ser voz que resuena acompañada
de los acordes más salvajes,
de las olas más libres,
de la espuma más blanca,
de las barcas que se mecen al sol
y se dejan abrazar por tu embrujo ahora salado.
Antes de tu avance,
mientras yo estoy aun al pie de la montaña que te ve nacer
y dejas que me bañe en la pureza de tu agua clara,
has creado para mí un remolino entre mis tobillos
que amenaza a mi estabilidad,
pero que en esta fría mañana de enero,
crea los más cálidos tonos rojizos
y me trae el recuerdo de las llamas de unos ojos,
de un frescor, una energía inagotable,
una fuerza inevitable que empuja hacia adelante,
una dulzura breve que desemboca en olas desordenadas,
un ritmo a las órdenes de la naturaleza.
Arrollo, méceme en tu corriente,
báñame en estas aguas que serán unas manos con vida propia,
bajo las espumas de las crestas de unas olas
que desembocarán de nuevo en mis pies anclados
en la arena que ahora será nueva y será eterna,
paciente ante el baile de los granos de arena entre mis pies,
tus ancianas piedras ya deshechas que me seguirán sirviendo de soporte,
de descanso, de nuevo punto de partida.
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