Aeropuertos de madrugada: divagación.
Soy de las que aman los aeropuertos.
He oído a gente compararlos injustamente con hospitales, ante mi disgusto. Los hospitales son uno de los inventos más desagradables del ser humano (después de los nacionalismos, las bombas o los paraguas) donde se respira una congoja compartida, incluso tras una buena noticia.
Un aeropuerto, sin embargo, es un oasis de la realidad. Un limbo entre naciones. Un punto fijo que mediante líneas imaginarias en el aire se comunica mágicamente con otros puntos fijos, quizás en la otra punta del mundo. Unos pasillos donde los experimentados caminan seguros, se los distingue a la legua. Puerta C-20, a la derecha, paso por seguridad de una vez; reloj, cinturón, portátil fuera, el duty free sin mirar siquiera, paciencia controlada. El inexperto, por su parte, es un niño en un parque de atracciones. ¿En cuál de las 10 pantallas está mi información? ¿Qué es eso de C-20? ¿Hay otras C que dejo atrás? Seguridad, ah, mierda, el desodorante, páseme una bolsa de plástico, por favor, oh, ¿las botas fuera? ay ¿he pitado yo? ah... ya... sí, las monedas del bolsillo. Joder, qué buen precio el Ballantines.
Es la magia de estos oasis que reúnen a todos los tipos posibles de criaturas del desierto, para disfrutar de las maravillosas posibilidades de sus sombras alargadas. Y yo, este sábado de agosto, disfruto como hacía tiempo que no lo hacía del pasar de las horas lentas, de la deliciosa creación de imágenes en mi cabeza de lo que deparará el siguiente destino, esta vez conocido, pero siempre apetecible.
He oído a gente compararlos injustamente con hospitales, ante mi disgusto. Los hospitales son uno de los inventos más desagradables del ser humano (después de los nacionalismos, las bombas o los paraguas) donde se respira una congoja compartida, incluso tras una buena noticia.
Un aeropuerto, sin embargo, es un oasis de la realidad. Un limbo entre naciones. Un punto fijo que mediante líneas imaginarias en el aire se comunica mágicamente con otros puntos fijos, quizás en la otra punta del mundo. Unos pasillos donde los experimentados caminan seguros, se los distingue a la legua. Puerta C-20, a la derecha, paso por seguridad de una vez; reloj, cinturón, portátil fuera, el duty free sin mirar siquiera, paciencia controlada. El inexperto, por su parte, es un niño en un parque de atracciones. ¿En cuál de las 10 pantallas está mi información? ¿Qué es eso de C-20? ¿Hay otras C que dejo atrás? Seguridad, ah, mierda, el desodorante, páseme una bolsa de plástico, por favor, oh, ¿las botas fuera? ay ¿he pitado yo? ah... ya... sí, las monedas del bolsillo. Joder, qué buen precio el Ballantines.
Es la magia de estos oasis que reúnen a todos los tipos posibles de criaturas del desierto, para disfrutar de las maravillosas posibilidades de sus sombras alargadas. Y yo, este sábado de agosto, disfruto como hacía tiempo que no lo hacía del pasar de las horas lentas, de la deliciosa creación de imágenes en mi cabeza de lo que deparará el siguiente destino, esta vez conocido, pero siempre apetecible.
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