Un día después de un día maravilloso, tranquilo y vivido bien.

Un martes despiertas y es el día después de un día maravilloso, tranquilo y vivido bien. Notas que se ha hecho un clic en tu mente agitada, las horas son lentas, las decisiones difíciles, ir al supermercado un infierno para tu pecho encogido y la calma no llega ni después de hacer todos los ejercicios, mantras, asanas, pranayamas, meditaciones, paseos y álbumes de Ludovico Einaudi que eres capaz de escuchar, mientras pones en la corriente del río imaginario de tu mente todos los pensamientos innecesarios para que se los lleve y vuelva el agua clara. Hoy parece que el río va a desbordarse y te va a pillar en la orilla y te va a llegar el agua al cuello y tú todavía esperando a que pase el torrente y venga la calma. Tú ahí plantada, ridícula, con las herramientas de la terapeuta en la mano, intentando montarlas, hacerlas funcionar todas a la vez mientras el agua sube y sube y tú miras a los lados buscando que alguien te lance una rama a la que agarrarte y salir volando de aquí a otra parte, la que sea, llevadme, gritas, alejadme, otra vez y luego otra más, a ciudades sin ríos, donde no pueda verme a mí misma reflejada, donde empezar relaciones superficiales cada septiembre de las que distanciarme cuando parezca que nos acercamos porque sé que en realidad no me merezco el tiempo de los demás, que su vida va a continuar cuando me vaya y, si me los cruzo en la calle dentro de unos años, ni siquiera se acordarán de mi cara de tía normal, de última fila de recital, de libreta y boli en el bolso como remedio contra una crisis en un lugar público y extraño. Y el agua avanza, y piensas todo esto en bucle, con las herramientas hechas un gurruño en tus puños apretados, las miras y recuerdas las horas invertidas en terapia, y aún así hoy es martes y no ha pasada nada pero tú no sabes funcionar, no entiendes el porqué de levantarte de la cama, lo irrelevante de tu estancia en el mundo. En el fondo sí lo sabes: no se trata de que alguien te alcance una rama para salir del lodazal, el paseo acompañada, el baño y el desayuno lleno de amor que te prepara tu compañero ese mismo día en el que no puedes levantarte de la cama, todo es un parche, sabes que eres tú la única persona capaz de dejar la carga, la mochila de prejuicios contra tu propia existencia, las herramientas que llevas recolectando durante años, todo a un lado para apoyarte en esas que sí te vayan bien, aunque sean solo dos. Y así hacerte ligera, convertirlas en tus bastones y avanzar en la dirección opuesta a la del agua que sube pero sin darle la espalda, siendo consciente de cada palmo que crece, aunque sin ceder a los cantos de las sirenas bellísimas que cantan en el fondo, alejándote de la soledad absoluta de su centro. Irónicamente, esto lo puedes hacer únicamente tú, sola, alejarte de la soledad enfangada para llegar a la bella, al silencio, a la calma en ti misma, y salir del fango que se ha creado este martes, que te cubre con recreaciones pasadas y ninguna certeza futura. Se consigue con paciencia, cuentan, con un paso tambaleante hacia delante un día y, al siguiente, tres irremediables hacia atrás. Tu cuerpo ya está acostumbrado a los retrocesos, que sientan como una paliza en las costillas cansadas de respirar entrecortadamente, como una zancadilla propia justa para caer de costado y quedarte sin respiración durante horas, jadeando en el salón de tu casa como aquella tarde entera de viernes, en la que habías pensado tomar cervezas pero el suelo te recibió con el rímel ya en los ojos y las defensas relajadas. A pesar de esas tardes de viernes devastadoras, los tres pasos hacia atrás no deben preocuparte, mujer, el que importa es el pequeño, el que avanza apenas unos centímetros y te aleja conscientemente de los remolinos de tu mente para ir acercándote poco a poco a un saliente de una piedra desde donde la perspectiva te hace poder respirar un poco, las costillas te lo agradecen y hay cierto silencio detrás del rumor tibio de los pensamientos grises.

Pobre niña ingenua, rogándole a las musas aquel mes de paz para que volvieran a incordiarla, como si realmente su mundo, su mente, fueran tan lineales y tan simples. Y ahora, cómo cansa, cómo duele esto de mirarse las entrañas una vez pasadas las crisis de miedo, ¿verdad, mujer?, de las que llegan un martes, cuando despiertas y es el día después de un día maravilloso, tranquilo y vivido bien.

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