Yo de mayor quiero ser bruja.

Me imagino paseando por mi huerto buscando yerbitas que echarle al brebaje que me haré a fuego lento, en una olla enorme para compartirlo con todas las brujitas a las que les gusten la sopa caliente, las ideas claras, las conversaciones largas e inconclusas, que se pierdan por los montes conocidos y desconocidos, que miren a la luna, beban de su luz y esa sea su bebida energética (junto con un poco de vino, quizá). Brujas a las que les guste bailar, sabiendo o sin saber, que les guste llenarse las manos de tinta, los pies de barro, el pelo de ramas y las ganas de aire verde, que les dé igual tener las tetas caídas o subidas, tener tetas o michelines, tener vagina, no tenerla o simplemente respetar lo que implica nacer sintiéndola. Brujas conscientes de las vidas de sus abuelas, de sus madres y hermanas, que sientan su fuerza como si fuera un río que siempre llevará agua fresca de la que aprender y beber, porque viene mezclada con limón, jengibre y ánimos pa seguir palante. Brujas que lleven comida en los bolsillos pa compartirla con quien se quede con hambre; que digan siempre cuándo tienen hambre y, cuando tengan sed de cerveza fría, la pidan en los bares, con voz fuerte y segura, que corte las miradas llenas de vergüenzas ajenas. Brujas con cambios de planes constantes y que aprenden a dejar ir, que se revelan contra los celos, contra los miedos y que comparten, comparten, comparten hasta la respiración pausada cuando a la otra se le acelera demasiado la vida. Brujas de todos los colores y sabores, que son conscientes de su sabor y su color y lo portan orgullosas, porque saben que eso es solo una parte de lo que son, un pequeño mostrador; que enseñan sus adentros y se deshacen con quien quieren, se hacen bolita y susurros cuando y donde quieren, se miran padentro y sacan pafuera lo que pueden entre otras brujitas que están empezando a hacerlo, que acaban de llegar al bosque y que todavía apenas saben la diferencia entre hierbabuena y romero, pero que sienten la fuerza de todas sus hermanas aupándolas a ponerse de puntillas y mirar las hojas de los olivos de cerca.
Todas estas brujas, una vez que sienten que están en un círculo común (aunque cada una salte de un lado a otro, una esté tumbada leyendo y otra encima de un árbol), se sienten seguras, llevan ropa cómoda, que no deja señal en la piel, que no hace daño; hay algunas brujas que han decidido no ponerse nada, porque hace calor y la tela se les engancha con los brazos para bailar. Las brujas seguras, acompañadas de brujos y demás brujes que apoyan su deseo de ser, se hacen viejitas y tienen muchas patas de gallo de reír, varios callos de andar descalzas, y una piel pecosa besada por el sol. Miran patrás y se ven veinteañeras, indecisas y se ríen de sus llantos de desesperación por vivir más y más; porque siguen indecisas, siguen queriendo vivir más y más, pero ya sin llantos, bebiendo una sopa caliente mientras la luna les ilumina las conversaciones eternas.

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