Ríos que inspiran belleza.

¿Soy capaz de ver lo bello? Dudo de si soy capaz de plasmar algo de la brutalidad de la vida que nos golpea y nos sorprende y nos regala y es un torbellino de una tarde a cuarenta grados que nos revuelve los papeles y yo en esta locura me quiero parar a sentarme a escribir, con toda mi pretensión pero sabiendo que aunque mi capacidad narrativa esté en su punto más álgido, nunca llegará a atisbar ni un ápice de lo que esta vida me pone por delante, estos arañazos al alma y estos aguaceros sobre mi cuerpo parado en medio de un valle desde el que se alcanzan con la mirada las cumbres más altas y bellas y este cuerpo se intenta acercar siempre más, sorteando distracciones en forma de riachuelos, que son un mero alto en el camino pero que me han retenido demasiado tiempo, pensando yo que se trataba del río que me enseñaría a desandarlo hasta llegar a la cumbre más bella, más alta, más blanca de todas. He intentado aprender de esos riachuelos, sacar lo bello incluso de aquel barro que hizo que resbalara y que me ensució los pies para el resto del trayecto, con ese barro siempre fresco como recuerdo permanente en mi piel durante la marcha.

Ahora me he topado con este río, que es más claro que ningún otro, pero que no me oculta sus orígenes tortuosos ni pretende que yo no vea el barro que se ha formado a su paso, es una corriente fuerte llena de ganas de avanzar y ha visto en mis ojos el reflejo de esas ganas y me pide que lo acompañe a pie río abajo, que no queda mucho hasta el mar, que ese es el final, que no necesito destrozarme los pies, la piel y las ganas en una escalada continua a contracorriente para llegar a una cima que no es la mía, porque este río me hace querer ser agua clara que escapa de todas las manos que intentan frenarla y no recorre dos veces el mismo camino, agua que es fuerte y bella en su desnudez y me uno al río porque es frescura para mi piel y juntos somos dos torrentes que avanzan buscando la sal, para saborearla los dos durante los días y noches que dure el trayecto, siempre que permanezcamos en el mismo cauce, que nos abraza y nos ofrece su discurrir libre, abierto al cielo límpido de la noche, con esa luna que nos alimenta el avance y me hace ver lo bello ahora sin que me importe plasmarlo, solo disfrutarlo.

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