Nos avisan las campanas
Qué buen invento,
estos cristianos,
con su necesidad de avisar y controlar
la vida cotidiana
de los mortales con oídos que intentan avanzar
pero son interrumpidos
por ese tolón que advierte
que se marchan las horas
y nos dan a nosotros la consciencia
de que ya no volverán.
Dos tolones nos despiertan
y aparece esa casiculpa de los perezosos,
se nos va la vida,
el sol que nos alumbra los pasos
no estará ya muchas horas más.
Pero qué sabe ese sol
y ese tolón
de la luz que se esconde
entre las campanas de la noche,
la que nos guía ligera los pasos
creando una corta sombra,
blanca y mortecina
pero que nos da la vida
cuando parece que todos
ya la abandonaron,
cuando no hay toques
que marquen el paso del tiempo
porque el sacristán se quedó dormido
y permitió que la noche se relajara,
que no recordara lo efímero
del tiempo entre las tres y las cuatro
y entonces la gente con oídos,
los que seguían despiertos
y con luz de vida,
pensaron que era posible una inmortalidad
más allá de tolones y sacristanes,
entre ojos que fueran capaces
de ver la luz tan blanca y tan negra,
sin cotidianidad ni interrupciones,
oyendo los tolones
como tambores que acompañan el caminar
pero son ahora la música más tribal
dispuesta a hacernos bailar.
estos cristianos,
con su necesidad de avisar y controlar
la vida cotidiana
de los mortales con oídos que intentan avanzar
pero son interrumpidos
por ese tolón que advierte
que se marchan las horas
y nos dan a nosotros la consciencia
de que ya no volverán.
Dos tolones nos despiertan
y aparece esa casiculpa de los perezosos,
se nos va la vida,
el sol que nos alumbra los pasos
no estará ya muchas horas más.
Pero qué sabe ese sol
y ese tolón
de la luz que se esconde
entre las campanas de la noche,
la que nos guía ligera los pasos
creando una corta sombra,
blanca y mortecina
pero que nos da la vida
cuando parece que todos
ya la abandonaron,
cuando no hay toques
que marquen el paso del tiempo
porque el sacristán se quedó dormido
y permitió que la noche se relajara,
que no recordara lo efímero
del tiempo entre las tres y las cuatro
y entonces la gente con oídos,
los que seguían despiertos
y con luz de vida,
pensaron que era posible una inmortalidad
más allá de tolones y sacristanes,
entre ojos que fueran capaces
de ver la luz tan blanca y tan negra,
sin cotidianidad ni interrupciones,
oyendo los tolones
como tambores que acompañan el caminar
pero son ahora la música más tribal
dispuesta a hacernos bailar.
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