Ojos que me miran.
Los siento, a esos ojos que me miran y me siguen en cada giro que tomo, curiosos y atentos mientras pongo un pie detrás de otro, que observan estas piernas demasiado largas, no demasiado coordinadas a veces, que dan tumbos por las calles hasta que se topan con una maceta en una puerta que toma el aire, el fresco y el sol y que es un jazmín que me regala un par de sus flores: una, para el pelo; la otra, para que mi recuerdo viaje al pasado y envuelta en su aroma me transporte a la niñez.
Esos ojos me están mirando.
Sorprendidos esperan a que me levante de la cama, que es domingo y hay que salir y esta pesada sigue en la cama y lee con la luz del primer sol. Los ojos me dicen que arriba, que pintalabios, que tacones y que paseo, que un té es solo un té, que es imposible ritual tan grande para un desayuno y que el jazz no es música para temprano y los vecinos se van a quejar. Esos ojos me dicen que esta falda no va bien con zapatillas, pero hoy quiero correr por la hierba y tumbarme al sol y ponerme un pañuelo de colores al cuello que me proteja de la brisa.
Esos ojos me están mirando.
Me dicen con ese gesto tan suyo que es martes y que no es buen día para ir a tomar una cerveza, que hay que esperar al viernes para la libertad, que es esa noche cuando hay que salir, que todo el mundo sale, que qué tía más rara te estás volviendo, que ahora ni sales ni bebes ron con cocacola, que qué pelo más corto y qué haces sin sujetador, que se te nota todo.
Esos ojos me están mirando.
Hoy me he mirado al espejo y me he encontrado con esos ojos, que juzgan, que analizan, que tienen miedo y están acostumbrados al rebaño y les he dicho que miraran la forma en la que las flores se dejan acariciar por la brisa de la primavera ajenas a las miradas de otros ojos que no aportan nada a su belleza, porque es suya, es inherente a sus pétalos y sus colores, igual que la mía, que está ahí en alguna parte y surge cuando me olvido de miradas y la primavera me levanta temprano los domingos y leo durante horas y la trompeta de Chet Baker me recorre y los jazmines me transportan a otros tiempos sin miradas de ojos demasiado acostumbrados a los filtros.
Estos ojos me están mirando.
Han decidido, de momento, ilusos y cansados, ser concesivos y benevolentes y apoyar los martes de cerveza y los viernes en casa, las siestas cortas y los paseos largos en la soledad de los centros oscuros de las ciudades que llaman a vivir sin pensar. Ya no juzgarán el no pensar ni los pañuelos de colores anudados en mi cuello ni las horas en este silencio mío, ni las páginas antiguas de esta libreta que me ha creado y ha soportado su mirada durante años, pero que ahora se rebela y pone condiciones o, en realidad, no condiciones, y se impone una libertad total que estos ojos que me miran y me quieren en su dureza tendrán que respetar.
Esos ojos me están mirando.
Sorprendidos esperan a que me levante de la cama, que es domingo y hay que salir y esta pesada sigue en la cama y lee con la luz del primer sol. Los ojos me dicen que arriba, que pintalabios, que tacones y que paseo, que un té es solo un té, que es imposible ritual tan grande para un desayuno y que el jazz no es música para temprano y los vecinos se van a quejar. Esos ojos me dicen que esta falda no va bien con zapatillas, pero hoy quiero correr por la hierba y tumbarme al sol y ponerme un pañuelo de colores al cuello que me proteja de la brisa.
Esos ojos me están mirando.
Me dicen con ese gesto tan suyo que es martes y que no es buen día para ir a tomar una cerveza, que hay que esperar al viernes para la libertad, que es esa noche cuando hay que salir, que todo el mundo sale, que qué tía más rara te estás volviendo, que ahora ni sales ni bebes ron con cocacola, que qué pelo más corto y qué haces sin sujetador, que se te nota todo.
Esos ojos me están mirando.
Hoy me he mirado al espejo y me he encontrado con esos ojos, que juzgan, que analizan, que tienen miedo y están acostumbrados al rebaño y les he dicho que miraran la forma en la que las flores se dejan acariciar por la brisa de la primavera ajenas a las miradas de otros ojos que no aportan nada a su belleza, porque es suya, es inherente a sus pétalos y sus colores, igual que la mía, que está ahí en alguna parte y surge cuando me olvido de miradas y la primavera me levanta temprano los domingos y leo durante horas y la trompeta de Chet Baker me recorre y los jazmines me transportan a otros tiempos sin miradas de ojos demasiado acostumbrados a los filtros.
Estos ojos me están mirando.
Han decidido, de momento, ilusos y cansados, ser concesivos y benevolentes y apoyar los martes de cerveza y los viernes en casa, las siestas cortas y los paseos largos en la soledad de los centros oscuros de las ciudades que llaman a vivir sin pensar. Ya no juzgarán el no pensar ni los pañuelos de colores anudados en mi cuello ni las horas en este silencio mío, ni las páginas antiguas de esta libreta que me ha creado y ha soportado su mirada durante años, pero que ahora se rebela y pone condiciones o, en realidad, no condiciones, y se impone una libertad total que estos ojos que me miran y me quieren en su dureza tendrán que respetar.
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