Me quedé quieta y te pensé.

En una habitación negra de mi mente veo una pequeña puerta por la que has aparecido como la ensoñación que eres. Y te plantas ahí, en esa puerta a mi mundo y me miras desafiante, seguro (aunque yo sé que temeroso también). Como si estuvieras en tu casa enciendes las luces del fondo y vas creando un hogar nuevo, con olor a brisa temprana, a naranjas de zumo, a jazmín y a vino dulce. Y te acercas a través de esa habitación, que ya no es negra, y yo no sabía que el arcoiris podía ser tan amplio, mientras espero en la esquina opuesta. Aguanto el aliento ante el aluvión de pensamientos felices que me traen recuerdos de la avalancha salvaje que casi me sepulta después tu última estancia conmigo, que me pasó por encima dejando heridas abiertas, puntos y hematomas que todavía te podría enseñar. Pero no lo hago porque esas heridas no escuecen, se mezclan con las lágrimas que se escapan y me diluvian la cara, y que no son amargas, tienen un toque salado y a canela, que marida perfectamente con el recuerdo de la sacudida a mi alma que, ahora recuerdo, es la que causó la avalancha. Y tú avanzas, ajeno al huracán estático que tienes delante, haciendo que con cada paso la habitación pierda colores y formas hasta que no es una habitación, es un patio andaluz, lleno de vida y de un sol que te ilumina las pecas y las alegrías y tus ojos se contagian y me quieren contagiar y me quieren invitar a un zumo de naranja que exprimes como a mi mente y yo por primera vez no me opongo y me bebo el zumo y me bebo a mí misma y me dejo beber por ti.

Comentarios

  1. Me gusta, nos gusta y (ves?) no nos cansamos de leerte. Besos preciosa����

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