Unos ojos que tocaban la guitarra.

Aparecieron como diamantes color azabache,
ese par de ojos negros.
Y permíteme la metáfora fácil,
pero me dejaste sin palabras;
una lunática hipnotizada
por tus manos sobre las cuerdas,
tu voz de lobo sangrante
y esa noche eterna en tus ojos.

Diamantes brillantes, mostraban con cada quejío
solo un instante de resquicio vulnerable
que añadía aun más valor
a la rudeza comprimida
de esas piedras entre pestañas.
Flamenco, cante, sangrado
de los sentimientos más reales,
única forma nuestra de hacer tangible la pasión.

¡Ah, ensoñación!
Dime adónde fuiste,
o por qué me fui yo
sin declararme esa noche
a tu voz rota, a juego con mi alma.
Dime dónde encontrarte,
pues la poesía no es tal
sin la referencia tuya al sentir y al querer vivir.
Dime que eres real,
rostro barbudo,
ojos enmarcados en pestañas eternas
que dispararon dardos de esperanza
a mi porvenir desprevenido.
Dime cómo se hace,
esto de la ilusión sentida
a partir de sentimientos reflejados
en ventanas al alma ajena.

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