Fumadores.


La partida fue inevitable. 

Su último cigarrillo a medias se consumía a la misma velocidad que los recuerdos compartidos dejaron de parecer ensoñaciones contaminadas de romanticismo y purpurina.

El consumo del tabaco lento, más rápido e imparable a medida que se acercaba a la boquilla, implicaría una decisión que ninguno quería tomar sobre cuál de los dos corazones acelerados daría la calada de gracia.

Como si estuvieran en una macabra ruleta rusa, él aspiró, buscó en los ojos de ella un cenicero con el que poner fin a la escena y encontró un fuego que, comprendió, no permitiría que el cigarro se acabara.

Se marcharon lejos, cigarrillos largos e individuales se hicieron habituales. 

Lo que quedó fue una nube de humo que dejó para siempre sus sentimientos entre ceniza.

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