Café en el Piola

Estoy en el Ahora, me repito. Aun así me hago preguntas constantemente: ¿qué voy a hacer esta noche? ¿Qué haré el año que viene? ¿Me renovarán el contrato en el trabajo? ¿Cuánto tardaré en ahorrar para poder irme a Chile? No, no, vuelvo, vuelvo al Ahora, a lo único que existe. De hecho, si en lugar de mirar hacia adelante miro hacia atrás no me reconozco. Es otra María que actuaba de acuerdo a su Ahora. Mi Ahora, el Ahora que me ha ido transformando de manera brutal en los últimos cinco años, aún más en los últimos diez meses del Ahora continuo, me repite que es él el único que hay, que no tiene sentido volver la vista a otros Ahoras anteriores que no sean el presente, el único, el Ahora mientras sujeto este boli y tomo este café medio frío ya. Pienso en la María de dentro de veinte años, ¿qué preguntas se hará? ¿Habrá aprendido por fin a vivir de verdad en el Ahora? ¿Habrá ido a Chile y a India? ¿Sabrá hacer el pino de tal manera que en el Ahora del 2020 no llega a dominar? Que no, que no, que vuelvo al Ahora de mi café ya frío del todo, al que le quedan un par de sorbos, al aroma de ciudad y a pis de perro y que ve niños asalvajaos en el parque cercano y el mercado de domingo en la Alameda y muchas sonrisas de las personas en las mesas colindantes bajo este tibio sol de enero. Mi Ahora resulta que es disfrutón y me hace dormir lo que necesito y venir a tomar café pasado el medio día y escribir mucho sobre el Ahora (con una perspectiva aún lejana para la yogui que me quiero considerar) en mi bar de siempre, del siempre de Ahora, quiero decir.

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