Reflexiones en un concierto a solas
Hoy horas y horas sola, sin intercambiar palabras con nadie salvo algún «gracias» y «por favor» con la camarera o la tendera porque, aunque sola, no me pierdo el conciertillo en mi bar favorito del grupo ese que no he oído nunca pero que por facebook tiene buena pinta. Además, si convenzo a alguien para que me acompañe y resulta ser un horror cargaré con ese hacerle perder el tiempo a los demás. Qué bien, aquí sola, escuchando con un moscatel que me trae aromas del febrero gaditano y me calienta de esta brisa que baja por las montañas y me hace querer cantar alrededor de las candelas hasta a mí y a mi ínfima cantidad de arte en las venas. Es difícil resistir la tentación de no mirar al móvil al venir sola, o no compararme con esa muchacha de ahí delante que qué guapa y qué rizos tan bien cuidados y esa, qué rastas tan largas, ni gota de rímel, seguro que lleva mucho mejor que yo el desaprenderse de esta sociedad tan bruta que es la que precisamente me hace mirarlas para situarlas por encima o por debajo de mi umbral imaginario, de ese estatus que yo misma me he inventado para mí y para mi ego de mierda que alimenta la competitividad arraigada entre las mujeres. Que no, que estoy mu a gusto y me niego a mirar el móvil, a compararme con las que me rodean, preciosas todas, igual que yo, y vuelvo a atender a la voz soñadora que canta por Billie Holiday. Qué cosas, anoche estuve en un concierto propiamente dicho: su escenario, su batería, sus técnicos de sonido, tres horas allí bailando y al ir acompañada ya no tuve ninguna de las tentaciones que me alejan del presente, de lo que ocurre simultáneamente mientras podría estar disfrutando sin más. Se me ocurre que es por el respeto a la otra persona que no saco el móvil, no me pongo a mirar lo que sea por escapar de esa realidad, porque realmente estoy bien, estoy donde quiero estar y ya. Entonces, ¿cómo que cuando estoy sola no me respeto tanto como a las que me rodean y me distraigo y me meto en las vidas que me cuentan las redes sociales en lugar de bañarme en la mía propia? Lo del autocuidado está bien cuando implica baños con pétalos de rosas amarillas y masajes y comidas ricas, pero también (y sobre todo) es disfrutar del tiempo a solas cuando nadie nos mira, es no desechar las horas juzgando vidas ajenas, es llamar a tu madre, o no llamarla por obligación, es limpiar la mirada de filtros oscuros y, una vez limpia, poder mirar a quienes te rodean sin culpas ni miedos ni rencores, es desayunar lento y es salir a correr en un domingo al sol porque hoy no te apetecen cervezas. Hoy he pasado muchas horas sola, mañana supongo que también. Las redes seguras con personas que eliges son otra forma de autocuidado y esta ciudad me está haciendo desarrollarlas muy lentamente, tanto que el proceso me está sumiendo en una soledad reflexiva, en la que prestar atención a lo que menos me gusta de mí pero que también está ahí y sale cuando menos lo espero: en un capítulo de Death Note o en un concierto de blues callejero, todas las dudas son yo, todas las divagaciones salen de mí, todos los respetos los merezco yo.
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