13 de octubre
Paseamos, lentamente, nos dejamos abrazar por este sol de octubre que nos quema la cara y las nostalgias. Nunca antes habíamos recorrido estas calles juntas, amiga, tan llenas de gente, gente tan ajena a las mentes de quien camina a su lado. La mañana de sábado es fresca, y huele a una mezcla de humedad del río, tubo de escape de los autobuses y rechazo al otoño que está por venir. A veces también viene una brisa cargada de aliño, porque es Granada y ahí abajo, junto al agua, un grupo de personas, que serán conocidos, amigos quizá, ríen, relajados, ignorando por unas horas la falta de empatía que hay aquí arriba, en esta acera atestada de cuerpos y necesitada de generosidad, en la que el espíritu de la fiesta nacionalista de ayer sigue latente, cubriéndolo todo con banderas-sinsentido, himnos-sinsentido, golpes-en-el-pecho-sinsentido, rezos-a-la-estatua-sinsentido, soy-mejor-que-el-que-está-al-otro-lado-de-la-valla-sinsentido. Para nosotras, amiga, el día patrio pasó en el coche, de un hogar a otro, del pasado compartido al futuro aún vacío, escoltadas por olivos, bienvenidas a la noche temprana que indica el fin del verano, a un sofá tierno encima de una calle llena de gente que sigue a una virgen hasta la iglesia de enfrente, como todos los años para ellos, y nosotras, sin saber cómo y por qué, aquí. El día patrio ha pasado pero no la resaca de sus aristas más oscuras, las que niegan la parte de la historia que no vende: la de la violencia como protección, la del genocidio y la colonización, la de mi parte de tierra es mía, pero tus recursos son también para mí, la de la monarquía intocable y la corrupción eterna, la del miedo al cambio y la falta de perspectiva. Hoy parece un futuro nuevo, y mientras avanzamos del brazo por esta calle granadina y la sombra de los árboles centenarios nos cobija, nos creemos felices y lo somos, por unos minutos, pues en nuestros oídos aún resuenan los versos de Rubén Darío y las palabras valientes de los manifestantes por la justicia en la historia. Somos niñas aún, amiga, emocionadas ante la llegada del otoño, que se traduce en otro cambio de etapa, un nuevo renacer tras el equinoccio, una forma diferente, otra vez, de intentar mirarnos desde dentro y desde fuera en esta vorágine escandalosa de patriotismos y parafernalias, tú y yo, en cambio, apátridas, con las alas todavía pegadas al cuerpo esperando el momento justo para alejarnos un par de aleteos de este ruido-sinsentido, de este orgullo-sinsentido, de esta falta-de-amor-sinsentido.
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