Desde Bilbao.

Siento este remolino dentro que a veces no quiere salir en forma de tinta y se queda ahí en su sitio. Se enquista un poco entre el final del esófago y el principio del estómago y me da ardores. No sólo porque llevo cuatro días de festival con su consecuente comida desordenada y falta de baño decente, que también, sino porque estos días de música, arte y amistad me han removido por dentro y he bebido de otras poesías y de otras mentes con sus noches en vela que me han recordado mi miedo a la oscuridad absoluta de las noches más frías.

Se me ha abierto el resquicio que estaba tapadito con una tirita a medio pegar: una amalgama de días de sol, de final de carreras, de orgasmos largos, de risas amplias y de cerveza fría. Un parchecito de amor reciente que apenas me ha llegado a servir como venda para uno de los dos ojos. Esa venda (o tirita, o parche), la que creé para poder dormir sin soñar, reír tranquila, respirar profundo, la quiero utilizar ahora para atarme el pelo y hacerme una pasada que me permita mirar y observar detenidamente esa rendija que se ha abierto con las penas ajenas y compartidas, con las oscuridades y los remolinos en el esófago de otras mentes que al principio parecían muy distantes y al final han resultado compañeras en las noches en vela.

Resulta que la falta de sueño es agradable y a la vez cruel, porque se hace especial para cada una de las personas a las que acompaña y te hace sentir única, aislada, desgraciada y afortunada por poder pensarte tantas horas, sin distracciones, en un mundo oscuro para ti. En realidad, sin embargo, se trata más de dar importancia a los miedos, que no merecen, y entonces se instalan confiados en nuestros miembros y nos sacuden las rodillas y los hombros cuando ya parece que el sueño casi llega, que casi lo capturamos, pero que vuelve a escapar con cada sacudida. Los temblores miedicas, independientes del frío o del calor, nacen de algún lugar cerca del entrecejo y te arrugan la nariz antes de estremecerte desde arriba, hacia el centro, hasta llegar a los dedos de los pies. Los temblores miedicas llaman a quien comparta tu cama y le piden abrazos, aunque con la siguiente sacudida vuelvan a hacerte estar sola, si bien abrazada.

Estos temblores miedicas han estado contenidos un tiempo por la tirita o el parche o la venda, y debe haber sido el agua del mar combinada con las mentes de poetas de lunas del norte, pero la tirita ahora se ha soltado del todo y el remolino pide salir y hacerse uno con las olas, dejar ir las sacudidas y estirar los hombros y las rodillas al bailar, pide vivir el día sin necesidad de tantas horas de introspección agotadora en la noche, pide cerveza fría y vino tinto, y tomate aliñao y pan con aceite sin ardores en el estómago ni en la mente, pide abrazos a mi madre y crema solar pa cuidarme la piel, pide madrugar un domingo o dormitar hasta el mediodía un martes, y qué suerte que me pille en verano este remolino, porque me pide enfrentarme al poniente y decirle que voy al agua, que me sople fresquito si quiere, pero que me voy al agua igual.

Escribo con tinta azul porque el remolino y las ganas me salen directamente de las venas, y necesito tener el interior del cuerpo dispuesto a colaborar con el exterior, para cicatrizar, para prescindir de vendas y hacerme una por dentro y por fuera, sin sacudidas inesperadas en la noche, sino independientes en cada salto al bailar.

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