Madre que castiga.

Por el jardín avanzo,
tulipanes naranjas me saludan,
magnolias alegres me abren el paso.
Una leve lluvia nos baña,
compartimos vida
y bailamos con la brisa
que nos alivia este noviembre.
Sigo, ando,
margaritas, azucenas,
rosales, romeros, lavandas,
pasillos sin fin,
frescura
que mis pulmones disfrutan.

Tanto polen, sin embargo,
me hace toser de repente.
La brisa ha parado,
las nubes concentran
esta humedad palpitante.
Las calles de pétalos se cierran ante mí:
ya no hay saludos,
solo me queda
parar
o pisotear.

Pachamama, me has dado tanto,
yo, paseador único de tus tierras,
derecho eterno que de repente se agota
cuando más gozo de él.

Puede que abusara de paseos
en los que a casa me llevé flores,
sin permiso de la Madre.
Pero ay, yo inocente, ignorante
de su poder arrollador
sobre mis caminos creados
jamás temí tal venganza.

Yazco ahora entre huracanes,
tormentas de polen y arena,
de agua y miedo,
que no supe prever,
que sé que ella anunció
frente a mi proclamada confianza,
para que me echara atrás
y disfrutara en la distancia.

Madre paciente y cansada,
recurres a tu última bala
castigas a este pueblo confiado,
cuando es tarde para el enmiendo,
esclavo de su propio avance,
tan poco conocedor de su libre pasado,
en su ignorancia de pasos de acero.

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