Que la felicidad es tímida y que bailar da alas.

Que la felicidad es tímida y que bailar da alas.

Alas, de las que se sienten nacer en las escápulas,
aunque invisibles y ligeras como sábanas
que envuelven el cuerpo y lo elevan.
Por eso al día siguiente de haber bailado como una loca las piernas pesan tanto,
porque vuelves de nuevo a ese cuerpo que habías olvidado durante horas.

Lo físico deja su espacio al amor y ya nada tangible importa.
Por eso cuando bailas entre amigos la sonrisa no se va,
porque es la única forma de hacer visible que el alma se está ensanchando con cada salto
y con cada nuevo paso que improvisas, con todo el ritmo del que eres capaz,
con ninguna conciencia de la realidad y ajena a los espasmos que reproduces,
tan lejos de un baile legítimo, pero tan cerca del cielo.

Que bailar da alas, que la felicidad es tímida.

Las alas y la sonrisa, ignorantes de cuerpos y de piernas,
se exhiben entonces sin complejos durante algunas horas en la noche.
Noche que avanza esta vez irremediablemente rápido;
haciendo incomprensible que las eternas horas de insomnio
contengan el mismo número de segundos siendo a veces tan eternos, tan sólidos.
Ocurre que cuando te aparecen las alas, las horas se asustan de que puedas volar lejos,
por eso se aceleran, dejando en tu recuerdo una dulzura dibujada
de un tamaño mucho mayor cuanto más reducida te haya resultado la alegría en el tiempo.

Que la felicidad es tímida, que bailar da alas.

Con este baile, la felicidad aparece como una niña insegura,
que asoma sus deditos por el alféizar de la ventana a tu alma,
para mantenerte alerta de que tienes que estar dispuesta a acudir a su rescate.
La felicidad es tan ligera, tan tímida,
que a la menor sacudida de los sentimientos que forman tus cimientos
puede huir veloz y asustada.
Es por eso que debes cuidarla, ayudarla a trepar por la ventana
hasta que crea tener unos pies que formen un buen soporte,
con los que pueda avanzar al centro de la habitación,
donde se desprende la esencia que te forma y que la necesita a ella, ligera y pronta.

Si sin embargo no es capaz de trepar hacia ti debes guardar el recuerdo de esas alas,
las que conociste un día gracias a su breve presencia,
con la que podrás olvidar de nuevo las piernas que te atan al suelo
y elevarte hacia el olvido de todo lo ajeno a ti, para así rescatarla.
Rescatarla a partir de su recuerdo, una y otra vez.
Que se convierta así en presencia ocasional de los acontecimientos más cotidianos,
tímida siempre ante las grandes ocasiones,
dispuesta a aparecer ante el menor susurro proveniente de una risa certera,
de una tranquilidad palpable o de una nueva promesa de baile y alas nuevas.

Comentarios

Entradas populares