Una de monstruos.
El café amargo y el viento frío la envolvieron. Su mente, siempre inquieta, se hizo hueco en el silencio que la rodeaba. Se dejó mecer en los brazos de la tranquilidad. Y sorprendentemente, disfrutó de no tener nada de lo que preocuparse. Exploró esta nada y descubrió una puerta al fondo de su conciencia, abierta, sin llave, en la que todos los monstruos que la habían acechado habían decidido reunirse.
Desde el exterior, la chica observó a sus monstruos, creados y alimentados por ella misma. Allí, tranquilos, conversaban, mantenían una ambiciosa pugna sobre el momento en que cada uno de ellos había sido el protagonista. La Ansiedad, henchida de orgullo, se decía ser esencial en su vida. El Miedo, por su parte, le robaba importancia mientras la Incertidumbre en su sillón disfrutaba y se regocijaba en su relato, eterno, pues se sentía la más leal compañera de viaje. Estaban todos: el Desamor, tan romántico, la Inseguridad junto a la Indecisión, la Culpa, la Impaciencia, todos los sueños sin llevar a cabo, el tiempo perdido, millones de espejos que mostraba quién habría querido ser, un cuerpo perfecto e irreal, todas las comidas que odió, todos los libros por leer, que la acechaban, las personas a las que dejó atrás, las que la dejaron a ella, las que no llegó a amar, pese a intentarlo con todas sus fuerzas, los momentos que no disfrutó, que la miraban con recelo, las aventuras que no escribió y pasaron a hacerse cómplices del Olvido, enorme, el más amenazador de todos los monstruos.
Resuelta, alejada de ellos, siguió observando y comprendió el absurdo. eran toneladas de irrealidad que la habían acompañado fieles como Argos, suplicantes como las sirenas, sin Penélope a la que llegar. Se había creído en la más absoluta soledad cuando caminaba acompañada de tantos monstruos que reían confiados de su posición inalterable. De repente se dio cuenta de que la falta de llave no era tal, pues esa habitación repugnante era desechable. Como en una nave con exceso de carga, los arrojó al mar.
La liberación fue inmediata. Sola, por primera vez, disfrutó del regreso al café y a la nada, a ella misma como una tabula rasa, mecida por las olas de un océano en el que no había cabida para los monstruos.
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